Día de la Lealtad: Perón, Peronismo, antiperonismo y los espejismos del lenguaje | Portal La TDF

Día de la Lealtad: Perón, Peronismo, antiperonismo y los espejismos del lenguaje

Por Fabio Seleme (*): Ya se sabe que a veces el lenguaje en el mismo acto de nombrar las cosas las confunde. Eso es lo que sucede en el caso de las palabras Perón, peronismo y antiperonismo. Como peronismo se construye con la palabra “Perón” más el sufijo “ismo” y antiperonismo con la palabra “peronismo” más el prefijo “anti”, si estamos desadvertidos podemos creer que el orden de construcción lingüística responde al orden cronológico de aparición histórica. Así, muchos pueden considerar, pasando por alto lo que es un proceso histórico, que en nuestro país de buenas a primeras apareció un día Perón e inventó el peronismo y que luego la reacción recalcitrante a sus políticas de gobierno generó el antiperonismo. Sin embargo, la secuencia temporal de aparición de las cosas nombradas aquí es inversa a lo que sugieren las estructuras de las palabras que las nombran. Efectivamente, por ilógico que suene, primero fue el antiperonismo, luego el peronismo y finalmente Perón.
Para entender esto hay que ir hasta el acontecimiento que pone nombre a las cosas en la historia Argentina. Ese momento es el 17 de octubre de 1945, que como todo acontecimiento auténtico representa un quiebre del que emerge una verdad no considerada por el saber reinante hasta ese momento. Lo que sucedió aquel día fue que el pueblo trabajador, oprimido, postergado y humillado, advirtiendo la oportunidad, eligió a un líder para cambiar la historia. En aquella elección, el pueblo que liberó a Perón, se nombró a sí mismo pero no empezó a existir allí. Ese pueblo existía desde mucho antes del 17 de octubre. Existía desde el fondo de la historia argentina, sólo que existía sin nombre porque existía como la nada de la patria, como el gigantesco resto producto de una distribución de la riqueza para pocos. Pero si ese pueblo existía como mudo y problemático excedente imposible de integrar a la vida social y económica del país, era porque hasta allí el sujeto histórico que había protagonizado la construcción de la nación era otro y le preexistía. Ese otro sujeto político organizador de la Nación era nuestra “legendaria” oligarquía latifundista, devenida liberal por su alianza librecambista con el imperio inglés, asociada naturalmente con el poder financiero y protegida por un círculo amplio de clase media aspiracionalmente europea que, por derecha o por izquierda, siempre le hace un contrapunto tan estéril como funcional. Como a toda fuerza conservadora, a la oligarquía terrateniente que conducía desde siempre los destinos de nuestro país, no la movilizaba otra cosa políticamente que el “miedo a los vivos” del que habla Spencer. Ese es el verdadero horror que sintió el 17 de octubre aquella minúscula élite dueña del país, la visión de que algo se movía, de que la vida que ellos arrojaban a la muerte pretendía afirmarse. En aquel horror a aquella movilización de “indeseables” descamisados se bautizaron también, por el reflejo de repugnancia, como antiperonistas, para terminar en su propio paroxismo vivando el cáncer. De tal suerte, el antiperonismo no es la reacción contra el peronismo sino todo lo contrario. El peronismo desde mucho antes de Perón es la resistencia viva al antiperonismo fundacional del Estado argentino. Los nombres son, como se ve, lo de menos y al mismo tiempo lo más importante en esta historia.

Porque lo que ocurre el 17 de octubre es sencillamente que opresores y oprimidos afloran y se vuelven visibles el uno para el otro al tomar tardíamente nombre. Y es con esos nombres de peronismo y antiperonismo que se desafían abriendo un escenario que todavía no se cierra. Y si no cierra es porque aquel que prestó su apellido para nombrar a los antagonistas históricos, asumió sin traiciones (lo que no quiere decir sin errores) la investidura que le hizo el pueblo. Si Perón no hubiera encarnado adecuadamente con hechos, pensamiento y organización aquella voluntad popular, el 17 de octubre sería un acontecimiento histórico importante, pero sin actualidad. Si tiene actualidad es porque aquella asunción de la investidura por parte de Perón no fue renunciada y encontró con él cauce programático.

Por eso cuando se habla del “Día de la Lealtad” y se da por hecho que la lealtad de la que se trata es la lealtad del pueblo al líder, también parece haber algo al revés. Porque bien visto el 17 de octubre es mucho más la lealtad de Perón hacia los trabajadores y al pueblo que lo elige, lo libera y lo inviste. Esa lealtad al mandato de origen se termina de revelar al final de la vida de Perón, cuando declara cerca de su muerte que su “único heredero es el pueblo”. Devuelve con aquella frase del 12 de junio de 1974 el ropaje que se le había dado, a aquel que se lo había otorgado.

Si Perón hubiera considerado que la epopeya era suya, la hubiera legado a quien hubiera creído conveniente. Por el contrario devuelve el poder al que se lo ha puesto en sus manos. Reniega con aquel acto de hacer del peronismo un partido político y al mismo tiempo lo reenvía a la latencia de donde necesariamente ha vuelto y volverá a surgir.

(*) Docente de la UTN y la UNPA

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