Columna de Fabio Seleme: El Mito del Arraigo | Portal La TDF

Columna de Fabio Seleme: El Mito del Arraigo

Por Fabio Seleme (*): En el imaginario patagónico, el desarraigo está inscripto como un hecho cierto que nos caracteriza problemáticamente. La presencia preponderante de migrantes de otras regiones del país, el históricamente alto porcentaje de extranjeros en la composición social y los bajos índices de radicación definitiva abonan esa idea. Evidente e insoslayable, el desarraigo es siempre al mismo tiempo una referencia obligada cuando se trata de entender algún indicador negativo de nuestra región. Resulta habitual entonces escuchar, en la charla cotidiana pero también en el discurso articulado profesionalmente, que el desarraigo explica en gran medida una cantidad importante de fenómenos indeseables. Se apela al desarraigo, por ejemplo, para explicar el alto nivel de suicidios de nuestra región (el más elevado del país) o para entender la prevalencia de adicciones. El desarraigo sirve para entender también los altos índices de disgregación y violencia familiar que ostenta la Patagonia o la provisionalidad y escasez de proyectos colectivos. Y si se busca bien en la bibliografía es posible leer autores para los que el desarraigo vuelve entendible desde los trastornos alimentarios hasta la predilección por los autos antes que por las casas que tiene la población patagónica.
El disvalor del fenómeno que parece explicar en gran parte nuestros males, imposibilidades y cataclismos es, por supuesto, acompañado en espejo por el valor idealizado de su contrario: el arraigo. Mecánica y automáticamente el arraigo aparece como un objetivo deseable y promocionado, pero sobre todo, siempre supuesto en otras sociedades que se postulan comparativamente mejores. Tan positivo luce el arraigo entre nosotros que supone uno de los escasos objetivos políticos transversales. El arraigo se pondera y se idolatra. Se venera en el culto al antiguo poblador y en la mística del pionero, por ejemplo. Se inculca a partir de contenidos educativos regionalizados, se caricaturiza en la patagónica clasificación social entre los “NyC” (Nacidos y Criados) y los “VyQ” (Venidos y Quedados). La palabra “Arraigo” da repetidamente nombre en la Patagonia a una innumerable cantidad de planes de viviendas y programas habitacionales, educativos y culturales.

Binomio siempre presente en la estructura discursiva de la Patagonia, el desarraigo se juzga invariablemente como un fenómeno tan cierto entre nosotros como disfuncional, mientras que el arraigo incuestionadamente se refleja como un valor aspiracional, socialmente positivo y constructivo. Y es justamente en ese uso automático, preelaborado e incuestionado que se adivina una función ideológica y fetichista de esta pareja de conceptos.

Lugar inhóspito, utópico, desierto y extremo. Resulta casi natural que en la Patagonia, donde el viento arrasa con todo lo que está suelto, se construya en torno del arraigo un amplio espectro simbólico. En definitiva, la tarea histórica y continua sobre nuestro territorio ha sido y sigue siendo, en los muchos sentidos posibles, su colonización. Y es la mitología del arraigo justamente la que en contra del espacio arcaico abierto demarca el límite y levanta la frontera que constituye al mismo tiempo la ciudad y la extranjería. El arraigo elabora la autoctonía y con ella se crea lo social como lo propio y el afuera como riesgo en una lógica de enclave que es con la que se ha poblado la extensión desolada de la Patagonia.

En este punto resulta pertinente acudir a Platón, que en La República plantea para la ciudad ideal la necesidad de instruir a los ciudadanos con un mito, el que narra que “la tierra los ha dado a luz y ahora deben considerar a la tierra que habitan como su madre y nodriza, defenderla si se la ataca y considerar a los otros ciudadanos como hermanos, salidos como ellos del seno de la tierra”. Lo más notable del texto de Platón es que llama a este relato una “mentira noble”. Este “mito de los metales”, como se lo conoce, porque más adelante narra cómo además la tierra le da a cada uno un metal que lo predetermina a una función, es para Platón una “mentira noble” porque a pesar de su falsedad produce un fin necesario: cohesión y contracción al trabajo colectivo desde roles diferentes.

La idea del arraigo muestra desde la perspectiva platónica toda su productividad política, porque viene a hacer sentir que todos los ciudadanos pertenecen a la ciudad. Peligrosamente cerca de la noción de raza, nacidos todos de la misma madre y unidos a ella para siempre, ésta es la forma en la Platón cree que la ciudad se comportará como un solo cuerpo.

Pero el arraigo no tiene solo una productividad política, también es un concepto económicamente productivo ya que la función de ligar a un sitio organiza con vista al trabajo. El trabajo diario e institucionalizado requiere domesticación y esa domesticación comienza por la radicación a un territorio, sobre todo cuando ese trabajo es el trabajo, casualmente, de la tierra. Y es lógicamente en ese tipo civilizaciones, las agrícolas, que tiene sentido la aparición de los múltiples mitos del arraigo, como lo son de modo paradigmático, por ejemplo, los del origen del hombre salido de la tierra o hecho de barro. Solo para agricultores echar raíces puede ser un valor. Y es en este punto de intersección justamente cuando el arraigo que sirve al cultivo se sinonimia con la cultura y la civilización.

Sin embargo, hay humanidad antes del sedentarismo y la labranza de la tierra. El hombre es mucho antes que nada un caminante. Antes de ser agricultor se desplaza. Y en el recorrido caza y recolecta. Aquí resulta interesante observar que aquellos pueblos (a los que nosotros en la misma línea del culto a la autoctonía) identificamos hoy bajo el poco feliz concepto de pueblos originarios: tehuelches, mapuches, selknam, yaganes, etc., son nómades o seminómades y reconocen en su tradición una larga secuencia de desplazamientos. Se nos devuelve así una paradoja: esos a los que nosotros llamamos originarios no se identificaron nunca a sí mismos como originarios del lugar o nacidos de la tierra. Por caso, en la mitología mapuche, Lituche y Domo (primer hombre y mujer) son arrojados a la tierra desde el cielo. Y Ángela Loij, en el mismo sentido, cuando le narra a Anne Chapman el origen de los selknam habla de un grupo de familias de cazadores que llegaron desde lejos al extremo de lo que era parte del continente y, por causa de un cataclismo que separó la tierra creando la isla, quedaron atrapados en un territorio también desconectado y a la deriva. Así la historia de los selknam de Ángela Loij es más parecida a la nuestra de lo que creemos.

Ya en capacidad ahora de ir al centro de la cuestión, cabe preguntarse entonces si el arraigo efectivamente es lo propiamente humano y el desarraigo acaso su tragedia dolorosa. Preguntar por esto es poner en cuestión ese horizonte natural de comprensión donde el arraigo es la única condición posible para el habitar y el desarraigo su principal obstáculo.

Desafiar esa perspectiva es volver al dato histórico de que el hombre en el origen es un ser en tránsito, caminante como dijimos, sin pertenencias territoriales y, consecuentemente, sin territorio. Es el único ser que transita sobre la tierra porque no está apegado a ella, lo que significa que puede sobreponerse a sus condicionamientos y restricciones con una diversidad de movimientos.

El hombre es, entre todos los seres vivos, el único que no tiene hábitat natural. Porque el hábitat es la relación funcional de un medio con una especie, y es “su” medio en el sentido de que solo allí es viable la especie.

El medio es para la especie necesario e indispensable. Pero la humanidad nace exactamente cuando sucede lo contrario, al despegarse y desatarse de la tierra y su medio. Al emanciparse del paisaje, al dejar de ser paisaje y crear mundo. Porque el mundo no es la tierra. El mundo emerge de la tierra que el hombre piensa. Y no hay pensar posible en horizontalidad y continuidad con lo pensado. Se piensa siempre en oposición y antagonismo con la cosa pensada, escindido de ella. De tal forma, aquel refrán de origen bíblico que dice “nadie es profeta en su tierra” y que habitualmente interpretamos como la imposibilidad de predicar en el lugar de origen por el conocimiento familiar y cercano del predicador que inhibe su autoridad, tal vez resista una interpretación diferente. No será que es imposible predicar en la tierra natal porque justamente no se puede decir nada mientras se permanece entramado con la tierra. No será que la voz profética y la interpelación necesitan la distancia y la separación porque la tierra es lo que siempre quiere devolver a su seno el mundo que el pensar ha hecho emerger de sus entrañas.

Más que hundirse en la tierra lo humano consiste en enfrentarse a ella con el pensar para construir y mantener el mundo. Allí, en la construcción del mundo que hace el pensar ocurre, como dice Heidegger, la única apropiación humana posible del espacio. El espacio se vuelve un lugar, mi lugar. Y mi lugar es “mío” porque ahí yo lo construyo con el pensar que lo hace ser mundo sobre la tierra. Nada más absurdo entonces que creer que un lugar es “mío” porque nací allí o porque ahora tenga su titularidad notarial.

Es el arraigo, lo que por el contrario, sí está estrechamente ligado a una forma de apropiación utilitaria de la tierra, jurídicamente declarada y experimentada. Pensemos que la promoción del arraigo fue reelaborada a la salida de la edad media con la difusión profusa del culto a los muertos, que genera la obligación de no abandonar a los ancestros enterrados y pone en valor la idea de herencia. Este proceso fue asociado en paralelo a la salida de la sociedad feudal y al cambio que produjo en la agricultura el fin de las tierras baldías y comunales por el régimen de propiedad privada. La explotación de la tierra y la explotación del hombre en términos capitalistas son fenómenos concomitantes a la fijación rigurosa de la población a un territorio.

A esta altura se nos impone finalmente una pregunta: ¿No esconde acaso la idea de arraigo una ofensiva metáfora y una oscura metonimia? Porque la comparación con la función vegetal que trae la idea del arraigo parece reducir lo humano a un pobre grupo de actividades elementales: nutrición, crecimiento y reproducción. Por otro lado, el pretender que el hombre “haga raíces” sugiere una permuta inquietante de significados entre la cosa y lo que la alimenta, ya que, bien pensado, la única forma de estar enraizado para un hombre es ascendiendo por las raíces, como nutriente, luego de muerto y enterrado.

Descubiertos estos desplazamientos se advierte que más que venir de la tierra, vamos a ella. Y que la tierra es mucho más nuestro destino que nuestro origen.

Tal vez el habitar entonces tenga más que ver con el nomadismo propio del pensar y con un cierto tipo de desarraigo que permite todos los tránsitos en los que consiste la vida. De modo tal que aquello que entendemos como el gran mal de la Patagonia tal vez sea nuestra mayor fortaleza.

(*) Docente de la UTN y la UNPA

1 comentario :

  1. Excelente artículo. Yo hace mucho que me cansé de discutir con supuestos "progres" este tema. El elogio del arraigo es básicamente conservador y reaccionario. La libertad de elegir si quedarse o irse de un lugar a otro debería ser la regla, es decir, dialécticamente, la inexistencia de reglas.

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